Thursday, December 14, 2006

H. P. Lovecraft HIPNOS Acerca del sueño, esa siniestra aventura de todas nues­tras noches, podemos decir que los hombres se acuestan a diario con una audacia que resultaría incomprensible si no supiéramos que se debe a la ignorancia del peligro. BAUDEIAIRE Quieran los dioses misericordiosos, si es que existe alguno, guardar esas horas durante las que ni la fuerza de voluntad ni las drogas fruto del ingenio humano pueden mante­nerme a salvo de los abismos del sueño. La muerte es piadosa, pues carece de retorno; pero aquel que regresa de las más pro­fundas estancias de la noche, ojeroso y sabio, nunca más disfruta de plácido descanso. Loco tenía que estar para sumirme con aquella avidez desatada en los misterios que hombre alguno ha osado penetrar; él era un dios o un loco... mi único amigo, aquel que me condujo y me precedió, y que al final sufrió terro­res que pueden acabar convirtiéndose en los míos. Recuerdo que nos conocimos en una estación de tren, donde él era el centro de un círculo de vulgares mirones. Estaba inconsciente, atacado por una especie de convulsión que afligía a su magro cuerpo vestido de negro con una extraña rigidez. Supongo que tendría unos cuarenta años entonces, ya que había hondas arrugas en su rostro, chupado y consumido, y no obs­tante oval y atractivo; asimismo, había toques de gris en el cabe­llo espeso y ondulado, y en la barba corta y cerrada que una vez tuviera el color del ala de cuervo. Su frente era blanca como mármol del Pentélico, de una altura y amplitud casi divinas. Me dije para mí, con pasión de escultor, que este hombre era la efi­gie de un fauno de la antigua Grecia sacada de las ruinas de algún templo e insuflada de vida en nuestra época para hacerla sentir el frío y el castigo de los años implacables. Y cuando abrió aquellos ojos negros, inmensos, hundidos y extrañamente lumi­nosos, supe que sería mi único amigo —el único amigo de alguien que jamás tuvo ninguno—; ya que comprendí que tales ojos debían haber mirado abiertamente la grandeza y el terror de regiones apartadas de cualquier conocimiento y realidad vul­gares; regiones que yo había amado en mi fantasía, aunque las había buscado en vano. Así que hice a un lado al gentío y le invité a venir a casa, a ser mi mentor y guía en los misterios insondados; y él aceptó sin mediar palabra. Luego descubriría que su voz era música... la música de profundas violas y esferas cristalinas. Solíamos hablar de noche, y también de día, mien­tras yo cincelaba bustos a su imagen y tallaba diminutas cabezas de marfil para inmortalizar sus diversas expresiones. Resulta imposible relatar nuestros estudios, ya que guardan muy poca conexión con el mundo de los hombres. Eran tocan­tes a ese universo más amplio y espantoso de difusa existencia y conciencia que subyace a la materia, el tiempo y el espacio, y cuya existencia tan sólo atisbamos en ciertos sueños... esos sue­ños extraños que están más allá de los sueños, que nunca acuden a los hombres vulgares y sólo lo hacen una o dos veces en toda la vida de un hombre sensible. El cosmos que conocemos cons­cientemente, nacido de ese universo como una burbuja surge de la pipa de un guasón, lo roza tan sólo como la burbuja puede volver a su descuidada fuente, cuando es sorbida por el capricho del guasón. Los eruditos sospechan un poco todo esto, aunque ignoran la mayor parte. Los sabios han interpretado los sueños y los dioses se han reído. Un hombre de ojos orientales dijo que el tiempo y el espacio resultan relativos, y la gente se burló. Pero incluso este hombre de ojos orientales no ha hecho sino supo­ner. Yo deseaba y traté de tener algo más que suposiciones; y mi amigo lo intentó y lo logró en parte. Así que lo intentamos jun­tos y, mediante drogas exóticas, buscamos sueños terribles y prohibidos en el estudio de la torre, en la vieja casa solariega del antiguo Kent. Entre las agonías de aquellos días se encuentra la cúspide de los tormentos... la incapacidad de transmitirlo. jamás podré explicar lo visto y aprendido durante aquellas horas de impías exploraciones... dado que carecemos de símbolos o similares en cualquier lenguaje. Digo esto porque, de principio a fin, nues­tros descubrimientos se movían tan sólo en la órbita de las sen­saciones; sensaciones que carecen de correlación con cualquier impresión que el sistema nervioso de la humanidad normal pueda ser capaz de recibir. Eran sensaciones, aunque en ellas había increíbles elementos de tiempo y espacio... cosas que, en el fondo, carecen de existencia distinta y definida. Las palabras humanas que mejor pueden reflejar el carácter general de nues­tras experiencias son las de zambullidas o remontes; ya que en cada periodo de revelación, una parte de nuestras mentes se lan­zaba audazmente lejos de todo cuanto es real y presente, abalan­zándose etérea a lo largo de estremecedores y oscurecidos abismos en los que acechaba el miedo; atravesando en ocasiones algunos obstáculos típicos y definidos, descriptibles sólo como nubes de vapores rudos y viscosos. Cuándo estábamos juntos, mi amigo iba siempre muy por delante; yo podía notar su pre­sencia a pesar de la ausencia de forma, gracias a una especie de memoria pictórica mediante la que se me presentaba su rostro, dorado por una extraña luz y espantoso en su insólita belleza, sus mejillas anormalmente juveniles, sus ojos ardientes, su frente olímpica y sus sombrías cabellera y barba. No conocíamos el paso del tiempo, ya que éste se había convertido para nosotros en la más simple de las ilusiones. Sólo sabíamos que en todo esto debía estar mezclado algo muy singu­lar, ya que al final nos maravillábamos de no envejecer. Nuestro discurso era malsano y siempre espantosamente ambicioso... ni dios ni demonio podía haber aspirado a descubrir y conquistar lo que nosotros planeábamos entre susurros. Me estremezco al mencionarlo, y no oso entrar en detalles; aunque quiero decir que mi amigo plasmó en papel, en cierta ocasión, un deseo que no se atrevía a pronunciar; algo que me llevó a quemar el papel y contemplar espantado a través de la ventana el constelado cielo nocturno. Quiero insinuar, sólo insinuar, que tenía metas que tocaban al gobierno del universo conocido, y aún más; sue­ños en los que la tierra y las estrellas girarían a su antojo, y los destinos de todos los seres vivos se encontrarían en sus manos. Afirmo, juro, que yo no tenía parte en esas desorbitadas aspira­ciones, ya que no soy lo bastante fuerte como para afrontar esa inmencionable guerrilla en esferas inmencionables que es la única forma de alcanzar un deseo tal. Hubo de suceder la noche en que los vientos de desconoci­dos espacios nos hicieron girar irresistiblemente en ilimitados vacíos más allá de todo pensamiento y entidad. Percepciones de una clase enloquecedoramente imposible de trasmitir al vulgo; percepciones de infinito que al mismo tiempo nos convulsionaba de placer, aun cuando he olvidado una parte, y la otra me siento incapaz de describirla. Hendíamos viscosos obstáculos en rápida sucesión, y al fin sentí que habíamos sido llevados a zonas más remotas de lo que nadie nunca hubiera previamente conocido. Mi amigo iba infinitamente por delante al zambullir­nos en ese espantable océano de éter virgen, y pude contemplar la siniestra alegría en su rostro-memoria flotante, luminoso, demasiado joven. Bruscamente, ese rostro se tornó borroso y desapareció con rapidez, y en breve me encontré proyectado contra un obstáculo que no pude atravesar. Era como los otros, aunque incalculablemente más denso; una masa húmeda y pegajosa, si tales términos pueden aplicarse a análogas cualida­des de una esfera no material. Sentía que había sido detenido por una barrera que mi amigo y guía había logrado traspasar. Debatiéndome de nuevo, finalicé mi sueño de drogas y abrí mis ojos físicos en la torre estudio, en cuyo rincón opuesto se reclinaba la figura de mi compañero de sueños, pálida y aún inconsciente; extrañamente ojeroso y curiosamente bello mientras la luna derramaba luces verde y oro sobre sus facciones marmóreas. Entonces, tras un corto intervalo, la silueta del rincón se agitó y quiera el cielo misericordioso evitar a mis sentidos otra escena como la que presencié entonces. No puedo relatar cómo aullaba, o qué imá­genes de infiernos prohibidos relumbraron por un segundo en esos ojos negros enloquecidos por el miedo. Sólo puedo decir que me desvanecí y no recobré el sentido hasta que él mismo se recuperó y me sacudió llevado de un ansia frenética de tener a alguien junto al que mantener a raya el terror y la desolación. Ése fue el final de nuestras voluntarias incursiones en las cavernas del sueño. Atemorizado, estremecido y deslumbrado, mi amigo, que había estado tras la barrera, me previno contra volver a aventurarme en esa región. No osó hablarme de lo visto, pero dijo que, a su juicio, debíamos dormir lo menos posible, recurriendo si era necesario a las drogas para mantener­nos despiertos. Que tenía razón, pronto lo comprobé gracias al miedo indecible que me acometía cada vez que desfallecía mi conciencia. Tras cada corto e inevitable periodo de sueño me sentía más viejo, mientras mi amigo envejecía con una rapidez casi anonadante. Resultaba espantoso el ver formarse las arrugas y encanecer los cabellos casi mientras uno miraba. Nuestra forma de vida se alteró completamente. De, hasta donde yo sabía, ermitaño —ni su verdadero nombre ni origen habían nunca escapado de sus labios—, mi amigo pasó a ser alguien con un terror casi patológico a la soledad. No podía permanecer solo de noche, ni se apaciguaba con la compañía de unos pocos. Tan sólo obtenía remedio asistiendo a las concurrencias más abi­garradas y tumultuosas; así que pocas reuniones de juventud y jarana nos eran ajenas. Nuestro aspecto y edad parecía desatar la mayor parte de las veces un ridículo que me zahería en lo más hondo; pero mi amigo lo veía como un mal menor frente a la soledad. Especialmente tenía miedo de encontrarse a solas fuera de casa cuando brillaban las estrellas, y si se veía forzado a ello a menudo observaba furtivamente el cielo, como si lo persiguiera algún ser monstruoso de lo alto. No siempre miraba al mismo punto del cielo... parecía hacerlo a distintos lugares en ocasiones diferentes. Las noches de primavera a un punto bajo, al noreste. En verano cerca del cenit. En otoño al noroeste. En invierno al este, sobre todo hacia la madrugada. Las noches de mediados de invierno parecían espantarle menos. Sólo al cabo de dos años conecté ese temor con algo en especial; por entonces me di cuenta de que debía buscar un punto en especial de la bóveda celeste, cuya posición en las diferentes estaciones se correspon­día con la dirección de su mirada... un punto, a grandes rasgos, marcado por la constelación Corona Borealis. Ahora teníamos un estudio en Londres, sin separarnos nunca, pero sin comentar jamás los días en que habíamos tratado de sondear los misterios del mundo irreal. Estábamos enve­jecidos y cansados por culpa de drogas, disipación y tensión ner­viosa; y el cabello y barba raleantes de mi amigo ya eran blancos como la nieve. Nuestra capacidad para pasar sin largos sueños resultaba sorprendente, ya que raramente sucumbíamos más de una o dos horas a esa sombra que ahora nos resultaba una ame­naza tan espantosa. Entonces llegó aquel enero de niebla y llu­via, cuando escaseaba el dinero y nos era difícil comprar drogas. Ya habíamos vendido todas mis estatuas y cabezas de marfil, y carecía de medios para obtener más material, o, de haberlos tenido, energías para modelarlas. Sufríamos terriblemente, y una noche mi amigo cayó en un profundo sueño del que no logré despertarlo. Aun ahora puedo recordar la escena... el desolado y tenebroso estudio de la buhardilla, bajo el alero golpeado por la lluvia; el tictac de nuestro solitario reloj de pared, el imaginario latir de nuestros relojes de pulsera descansando sobre el tocador; unos pocos ruidos de ciudad lejanos, amortiguados por la niebla y la distancia; y, lo peor de todo, el profundo, rítmico, siniestro respirar de mi amigo sobre el diván... una acompasada respira­ción que parecía medir momentos de miedo y agonía insupera­bles para ese espíritu que vagaba por esferas prohibidas, incon­cebible y espantosamente remotas. La tensión de mi vigilia se tornó opresiva, y una extraña avalancha de impresiones triviales y asociaciones se agolpaban sobre mi mente casi trastornada. Oí dar una hora a un reloj -no al nuestro, que no era un carillón- y mi morbosa fantasía encontró en esto un nuevo punto de partida para enfermizas digresiones. Relojes-tiempo-espacio-infinito, y luego mi imagi­nación regresaba a lo inmediato al pensar que en esos momen­tos, más allá del tejado y la niebla y la lluvia y la atmósfera, la Corona Borealis se estaba alzando sobre el noreste. Corona Borealis, a la que tanto parecía temer mi amigo, y cuya titilante semicircunferencia de estrellas debía brillar ahora invisible a través de inconmensurables abismos de éter. A la vez, mi oído febril­mente sensible creyó detectar un componente nuevo y comple­tamente distinto en aquella blanda mescolanza de sonidos mag­nificados por las drogas... un gemido bajo y condenablemente insistente que llegaba de muy lejos: zumbando, clamando, bur­lándose, llamando, llamando desde el noreste. Pero no fue ese gemido distante el que me privó de mis facultades e impuso sobre mi alma un sello de espanto que en mi vida lograré sacudir; no fue eso lo que desencadenó los alari­dos y las convulsiones que llevaron a los vecinos y la policía a derribar la puerta. No fue lo oído, sino lo visto, ya que en esa habitación oscura, cerrada, tapada y velada por cortinas, en la esquina noreste, surgió un haz de horrible luz dorado rojiza... un haz que no provocó resplandor alguno en la oscuridad, pero que cayó sobre la reclinada cabeza del agitado durmiente, sacando de su interior, en odiosa réplica, el luminoso y extraña­mente juvenil rostro-memoria que conociera en sueños de espacio abismal y tiempo desencadenado, cuando mi amigo quebró la barrera de aquellas secretas, hondas y prohibidas cavernas de pesadilla. Y mientras miraba, vi alzarse la cabeza, con los ojos negros, líquidos y profundamente hundidos, desorbitados por el terror, y los labios delgados y sombríos se abrieron para proferir un grito demasiado espantoso como para intentar describirlo. En aquel rostro fantasmal y rígido que brillaba sin cuerpo, lumi­noso y rejuvenecido en la negrura, había más terror implacable, desbordado y enloquecedor del que todo el resto de cielo y tie­rra me hayan mostrado jamás. No hubo palabras entre el lejano sonido que se acercaba más y mas; pero mientras seguía la loca mirada del rostro-memoria, retrocediendo por el maldito haz de luz hacia la fuente, esa fuente de la que también procedía el gemido, vi demasiado en esa ojeada, y me desplomé con los oídos zumbando en un ataque de alaridos y epilepsia que atrajo a los porteros y a la policía. Nunca he podido explicar, por más que lo he intentado, qué fue exactamente lo que vi; ni lo hizo aquel rostro inmóvil, ya que, aunque presenció más que yo, nunca volverá a hablar. Pero siempre estaré en guardia contra el burlón y hambriento Hipnos, y contra las locas ambiciones del conocimiento y la filosofía. Nadie sabe con certeza qué sucedió, ya que no sólo mi enten­dimiento quedó dañado por aquel suceso extraño y espantoso, sino que otros también fueron tocados por un olvido que no puede calificarse sino de locura. Dicen, no sé por qué, que nunca tuve amigo alguno; que ese arte, filosofía y locura habían colmado siempre mi trágica vida. Los vecinos y la policía me aquietaron aquella noche, y el médico me dio algo para calmarme, sin perca­tarse ninguno del suceso de pesadilla acaecido. Mi yerto amigo no los movió a compasión, pero lo que encontraron en el diván del estudio les hizo alabarme de una forma que me puso enfermo; y ahora gozo de una fama que rechazo con desesperación mientras me siento durante horas —calvo, con la barba gris, impedido, trastornado por las drogas y quebrantado— a adorar y rezar al objeto que encontraron. Ya que niegan que llegara a vender la última de mis estatuas, y señalan extasiados lo que el brillante haz de luz dejó helado, petrificado y mudo. Es cuanto queda de mi amigo; el amigo que me condujo a la locura y la destrucción; una cabeza divina en un mármol tal que sólo la vieja Hélade podría haber producido; joven, con esa juventud que resulta intemporal, y con un rostro bello y barbado, labios curvados v sonrientes, frente olímpica y espesa cabellera ondulada, coronada de amapolas. Dicen que ese recordatorio fantasmal está esculpido a mi semejanza, tal como era yo mismo a los veinticinco, pero en la base de mármol está tallado, en caracteres áticos, un solo nombre: HIPNOS.
H. P. Lovecraft

LOS GATOS DE ULTHAR
Se dice que en Ulthar, que se alza más allá del río Skai, a ningún hombre le está permitido el matar un gato; y eso es algo que puedo muy bien creer cuando contemplo al que se enrosca ronroneando ante el fuego. Ya que el gato es un ser críptico, y está cerca de cosas extrañas que resultan invisibles para el hom­bre. Es el alma del viejo Egipto, el portador de cuentos sobre las olvidadas ciudades de Meros y Ofir. Es de la estirpe de los seño­res de la jungla y heredero de los secretos del África antigua y siniestra. La esfinge es su prima, y el gato habla su lenguaje; aunque el primero es más viejo que la segunda y recuerda cuanto ella ha olvidado.

En Ulthar, antes de que los ciudadanos prohibieran matar gatos, vivían un viejo campesino y su esposa, y disfrutaban ten­diendo trampas y dando muerte a los gatos de sus vecinos. Por qué lo hacían no se sabe, excepto que hay quien aborrece los maullidos de los gatos durante la noche, y le enferma que mero­deen por patios y jardines durante el crepúsculo.
Pero, por lo que fuese, ese anciano y su mujer gozaban atrapando y matando a cualquier gato que se aproximara a su chabola; y a juzgar por algunos de los sonidos que se oían tras la caída de la noche, algunos ciudadanos suponían que el medio de muerte empleado debía ser sumamente peculiar. Pero la gente no discutía tales cosas con el viejo y su esposa; tanto por la expresión que se leía habitualmente en sus rostros marchitos como por el hecho de que su casa fuera tan pequeña y estuviera tan oculta en la oscuri­dad, bajo corpulentos robles, al fondo de un patio descuidado.
Realmente, por mucho que los propietarios de gatos odiaran a esa gente extraña, aún los temían más, y en vez de encararlos como asesinos brutales se limitaban a cuidarse de que sus queri­das mascotas, o sus cazadores de ratones pudieran extraviarse por la alejada chabola bajo los oscuros árboles. Cuando a causa de algún descuido inevitable se perdía un gato, y aquellos soni­dos se alzaban en la oscuridad, el damnificado podía lamentarse impotente o consolarse dando gracias a la suerte de que no se tratase de uno de sus hijos el perdido, ya que la gente de Ulthar era sencilla y no conocía el origen de los gatos.
Un día, una caravana de extraños vagabundos del sur pene­tró en las estrechas calles adoquinadas de Ulthar. Oscuros viaje­ros eran, distintos a las demás gentes errabundas que pasaban por el pueblo un par de veces al año.
En la plaza del mercado leían el porvenir a cambio de plata y compraban hermosas bara­tijas a los comerciantes. Nadie sabría decir cuál era la tierra natal de esos viajeros; pero se les había visto rezar extrañas plegarias y los costados de sus carros estaban decorados con exóticas figuras de cuerpo humano y cabezas de gatos, halcones, carneros y leo­nes. Y el jefe de la caravana lucía un tocado con dos cuernos y un curioso disco entre ambos.
En esa pintoresca caravana figuraba un muchachito sin padre ni madre, con tan sólo un diminuto gatito a su cargo. La plaga no había sido benévola con él, aun cuando le había dejado esa pequeña cosa peluda para consolarse en su pena; y cuando uno es muy joven puede encontrar gran alivio en las vivaces trastadas de un gatito negro. Así que el niño a quien el pueblo oscuro llamaba Menes sonreía más a menudo de lo que lloraba al sentarse jugando con su gracioso minino en los peldaños de un carro exóticamente decorado.
La tercera mañana de estancia de los trotamundos en Ulthar, Menes no pudo encontrar a su gato; y mientras sollozaba a solas en la plaza del mercado, algunos lugareños le hablaron del anciano y su esposa, así como de los sonidos que se oían durante la noche. Y cuando escuchó tales cosas, el sollozo dejó paso a la reflexión, y finalmente a un ruego.
Tendió sus brazos hacia el sol y oró en una lengua que los ciudadanos no podían entender; aunque tampoco se cuidaron demasiado de comprenderla, ya que su atención estaba mayormente vuelta al cielo y a las extra­ñas formas que iban tomando las nubes. Resultaba muy curioso, porque según el muchachito hubo completado su petición, parecieron formarse sobre las cabezas las sombrías, nebulosas formas de seres exóticos; de híbridas criaturas coronadas con discos flanqueados por cuernos.
La naturaleza es pletórica en tales ilusiones, listas para impresionar a los imaginativos.
Esa noche los vagabundos abandonaron Ulthar y nunca vol­vieron a ser vistos. Y los lugareños se vieron turbados al advertir que en todo el pueblo no podía encontrarse un solo gato. El familiar gato había desaparecido de cada hogar; gatos grandes y pequeños, negros, grises, listados, amarillos y blancos. El viejo Kranón, el burgomaestre, juraba que el pueblo oscuro se los había llevado en venganza por la muerte del gatito de Menes, y maldijo tanto a la caravana como al mozuelo. Pero Nith, el enjuto notario, aventuró que el viejo campesino y su mujer resultaban más sospechosos, ya que su aversión a los gatos era de sobra conocida, y cada vez parecía más audaz. No obstante, nadie osó quejarse a la siniestra pareja, aun cuando el pequeño Atal, el hijo del ventero, juró haber visto al crepúsculo a todos los gatos de Ulthar en ese maldito patio bajo los árboles, desfi­lando lenta y solemnemente en círculo alrededor de la choza, de a dos, como ejecutando algún desconocido rito de las bestias. Las gentes no sabían si prestar atención a alguien tan pequeño; y aunque temían que la maligna pareja hubiera embrujado a los gatos para matarlos, prefirieron no encararse con el viejo campe­sino hasta que pudieran pillarle fuera de su oscuro y repulsivo patio.
Así que todo Ulthar se acostó lleno de rabia impotente; y cuando la gente despertó al alba... ¡mirad! ¡Cada gato había vuelto a su hogar! Grandes y pequeños, negros, grises, listados, amarillos y blancos, ninguno se había perdido. Los gatos apare­cían muy gordos y lustrosos, atronando de ronroneos satisfe­chos. Los ciudadanos hablaban entre sí sobre el asunto, no poco maravillados. De nuevo, el viejo Kranón insistió en que habían sido retenidos por el pueblo oscuro, ya que no hubieran regre­sado vivos de la choza del viejo y su mujer. Pero todos estaban de acuerdo en algo: en que la renuncia de los gatos a comer sus raciones de carne o beber sus platillos de leche resultaba suma­mente curioso. Y durante dos días completos, los lustrosos, los perezosos gatos de Ulthar no tocaron su comida, limitándose a dormitar junto al fuego o al sol.
Transcurrió una semana completa antes de que los puebleri­nos se percataran de que no se encendían luces tras las polvo­rientas ventanas de la choza bajo los árboles. Entonces el enjuto Nith apostilló con que nadie había visto al viejo o a su mujer desde la noche en que desaparecieron los gatos. Una semana más tarde, el burgomaestre decidió sobreponerse a sus miedos y acudir, como a un deber, a la morada extrañamente silenciosa; aunque tomó la precaución de hacerse acompañar por Shang el herrero y Thul el picapedrero a modo de testigos. Y cuando hubieron echado abajo la endeble puerta, tan sólo hallaron esto: dos esqueletos humanos, mondos y lirondos, sobre el suelo de tierra, así como gran número de curiosos escarabajos escabullén­dose por los rincones en sombras.
Subsecuentemente, hubo muchas discusiones entre los ciu­dadanos de Ulthar. Zath, el alguacil, discutió largo tiempo con Nith, el enjuto notario; y Kranón y Shang y Thul fueron acosa­dos a preguntas. Incluso Atal, el hijo del ventero, fue interro­gado a fondo y recibió una golosina a modo de recompensa. Se habló del viejo campesino y de su esposa, de la caravana de oscuros vagabundos, del pequeño Menes y su gatito negro, de la plegaria de Menes y del cielo durante tal oración, de lo que hicieron los gatos la noche de la partida de la caravana, y de lo que más tarde fue hallado en la choza bajo los árboles oscuros en aquel patio repulsivo.
Y por fin los lugareños aprobaron esa señalada ley que es comentada por los mercaderes en Hatheg y discutida por los viajeros en Nir; a saber, que en Ulthar nadie puede matar a un gato.

Wednesday, December 13, 2006

Teoría del caos En el presente ensayo sobre la "Teoría del Caos"se realiza un análisis partiendo de las diferencias surgidas entre la Ciencia del siglo XIXy XX, es decir, la posición determinista y la "Nueva Física". Hastaprincipios del siglo XX, la Física se sitúa en la certeza de lapredicción de los fenómenos, a pesar de los antecedentes de Poincaréen el siglo XIX sobre el problema de los tres cuerpos, donde seexpresa que sólo podemos tener una "aproximación" y que la predicciónse vuelve imposible. Sin embargo, se ignora tal postura y se continúaen la misma línea hasta el fin de la "Revolución de la Física"; esentonces que se retoman las consecuencias del descubrimiento dePoincaré y se observa que las variables pueden desarrollar uncomportamiento caótico, complicado e impredecible pero dentro de unorden geométrico observable. Es así que, a partir de este enfoque, sedesarrolla la "Teoría de Caos" , aportando un paradigma donde losproblemas científicos pueden resolverse desde esta nueva óptica. Desde hace algunos años oímos mencionar vagamente una "Teoría" a laque se dio por llamar "del Caos". No obstante, pocas de lasreferencias han sido claras. Para comprender el significado de laTeoría del Caos es conveniente analizar las diferencias entre laCiencia del siglo XIX y la del XX.Durante el siglo XIX, la Ciencia llegó a un triunfalismo determinista.Se creía que la Física, la más rigurosa e importante de las Ciencias,estaba a punto de cerrarse, ya que casi estaba todo concluido. Lasleyes se expresaban en la Física de manera estrictamente determinista.Aunque ninguna otra Ciencia (excluiremos a las Matemáticas por serotra su naturaleza y metodología) podía jactarse de lo mismo, sesuponía que como la Física expresaba las leyes fundamentales delUniverso, éstas eran igualmente aplicables en Química, Biología,Psicología, etc. sólo que en éstas, los temas de estudio sepresentaban con mayor complejidad (una bacteria es mucho más complejaque el Sol mismo).Pierre Simon de Laplace, el gran matemático, ya desde el siglo XVIIIhabía expresado la idea dominante: "El estado presente del sistema dela Naturaleza es evidentemente una consecuencia de lo que fue en elmomento precedente, y si concebimos una inteligencia tal que a uninstante dado conociera todas las fuerzas que animan la Naturaleza ylas posiciones de los seres que las forman, podría condensar en unaúnica fórmula el movimiento de los objetos más grandes del Universo yde los átomos más ligeros: nada sería incierto para dicho ser, y tantoel futuro como el pasado estarían presentes ante sus ojos". Ese era elanhelo de la Ciencia: ser capaz de predecirlo todo.Pero en la misma Física, hacia finales del siglo XIX, aparecieron unosproblemas que no parecían encontrar solución dentro del marcocientífico existente: eran llamados "el problema del éter" y la"catástrofe ultravioleta". Estos problemas llevaron a la Física a unarevolución que desembocó en la Teoría de la Relatividad por un lado, yla Mecánica Cuántica, por el otro. Ambas teorías parecen desafiar elsentido común al proponer que el tiempo es relativo o que existenpartículas virtuales llenando el Universo. La Mecánica Cuántica, enparticular, postuló un principio devastador para la fe del científicoen la posibilidad de hacer predicciones de todo; en pocas palabras, elPrincipio de Incertidumbre de Heisenberg afirma que nunca es posibletener mediciones exactas: sólo se podrán hacer aproximaciones. Nuncapodremos conocer con exactitud la magnitud de lo ancho de esta hoja,sólo podremos decir, realmente que está entre 21.55 y 21.65, porejemplo.Muchos científicos se resistían a aceptar este principio, entre ellosAlbert Einstein, quien trató de demostrar su inconsistencia, pero loúnico que logró fue fortalecerlo aún más.Los físicos se hallaban extremadamente atareados en desarrollar estasnuevas ideas. Algunos químicos se interesaban por el efecto de laMecánica Cuántica en su disciplina. Los demás científicos, en tanto,se encontraban ocupados en sus propias disciplinas, menos maduras.Ninguno de ellos veían efectos importantes de las nuevas teorías de laFísica sobre sus áreas. En efecto, la Teoría de la Relatividad seaplica a lo muy grande (del tamaño del Sol o mayor) o lo muy veloz (avelocidades cercanas a las de la luz); mientras que la MecánicaCuántica se ocupa de lo muy pequeño (de tamaño menor que el átomo). Mientras esto ocurría, pocos reparaban en un tercer problema insolublede la Física que traería consecuencias insospechadas en el examencientífico de los fenómenos cotidianos: el problema de los trescuerpos.El problema de los tres cuerpos era más que nada astronómico: si setienen dos cuerpos en el espacio, es fácil deducir las ecuaciones delmovimiento: se moverán en elipses, por ejemplo. Pero si se tienen trescuerpos, ya no hay manera de encontrar tales ecuaciones exactas,solamente aproximaciones válidas para un intervalo. Al salir de eseintervalo de validez, se debe hacer otras aproximaciones. Henri Poincaré decidió atacar el problema de los tres cuerpos afinales del siglo XIX, con motivo de un concurso de Matemáticasorganizado en Suecia. Al estudiarlo, encontró algo que le sorprendió:un sistema tan sencillo de plantear como el de los tres cuerpos podríadar un comportamiento extremadamente complicado, tanto queimposibilitaba hacer predicciones a largo plazo en el mismo.Poincaré mismo lo expresa de esta manera: "Una pequeña causa que nospasa desapercibida determina un considerable efecto que es imposiblede ignorar, y entonces decimos que el efecto es debido al azar. Siconocemos exactamente las leyes de la Naturaleza y la situación delUniverso en el momento inicial, podemos predecir exactamente lasituación de este mismo Universo en un momento posterior. Pero aun sifuera el caso que las leyes de la Naturaleza no nos guardasen ningúnsecreto, todavía nosotros conoceríamos la situación inicial sóloaproximadamente. Si esto nos permitiera predecir la situaciónposterior con la misma aproximación, que es todo lo que necesitamos,podríamos afirmar que el fenómeno ha sido predicho, que es gobernadopor leyes conocidas. Pero esto no es siempre así; puede pasar quepequeñas diferencias en las condiciones iniciales produzcan grandesdiferencias en el fenómeno final. Un pequeño error al principioproduce un error enorme al final. La predicción se vuelve imposible, ytenemos un fenómeno fortuito".Los físicos y demás científicos hicieron poco caso de estedescubrimiento matemático (de hecho sólo los matemáticos continuarontrabajando en ello). Hasta el último cuarto del siglo XX donde, unavez apaciguada la llama de la Revolución de la Física, se observaronlas consecuencias del descubrimiento de Poincaré. Y sobre todo por laayuda de los ordenadores. Se pretendía hacer predicciones a medio plazo del clima apoyándose encálculo computacional intensivo. Pero se vio que era imposible porquesimplemente tres variables podían desarrollar un comportamiento"caótico", es decir, muy complicado e impredecible (cambios noperiódicos y crecimiento del efecto de las pequeñas diferencias en elinicio). Sin embargo, este caos es distinto del comportamiento alazar. Existe un orden dentro del caos que puede observarsegeométricamente. Imaginemos una curva en el espacio. La curva nunca se cruza, pero esinfinita. Se construyó con unas determinadas condiciones iniciales (esdecir, a partir de un punto determinado en el espacio). Si hubiésemosiniciado desde otro punto, por muy cercano que estuviera al puntooriginal, la trayectoria hubiera sido distinta en el sentido de que sien la primera dio 4 vueltas alrededor del un lóbulo antes de pasarseal otro, en la segunda trayectoria daría, digamos 17 vueltas antes depasar al otro lóbulo. Pero ¡las dos trayectorias, en conjunto severían como la curva imaginada. Siempre la misma figura. Ninguna trayectoria puede alejarse de los lóbulos ni entrar dentro de ellos,no son trayectorias al azar, aunque no sean predictibles.Ahora, ¿qué importancia tenía para las Ciencias? Si tres variablesgeneran un comportamiento complicado, no aleatorio, ¿qué no harán másvariables? Aquí acaba la posibilidad de predicción a largo plazo de laCiencia. Sin embargo, visto al revés, un comportamiento complejo, enlugar de ser causado por un enorme número de variables, la mayoríaindeterminadas, ¿no será en realidad manejado por un puñado devariables en comportamiento caótico? La teoría del Caos aporta un nuevo enfoque a la complejidad que es lacaracterística común en la inmensa mayoría de los problemas de laCiencia: reacciones químicas en el suelo, el comportamiento humano...todo eso rebosa complejidad. Y el caos no es desorden simplemente,sino un orden diferente, que debe verse de otro modo. Más aún, muchasvariables no necesariamente han de generar un comportamiento tancomplicado que parezca al azar. Muchas veces, de sus interaccionesemerge un orden diferente. Por ejemplo, de la interacción de muchosseres humanos puede surgir una sociedad, que contiene un ordenevidente. No es predecible a largo plazo, pero el orden existe, comoen el atractor de Lorentz.Así, la teoría del Caos puede aplicarse a toda Ciencia, pero hay queentender el enfoque nuevo que aporta, una especie de paradigma que nodescarta ni el desorden aparente ni lo que parece ser "ruido de fondo"de un comportamiento lineal perfecto. Muchos problemas científicospodrían resolverse con una nueva óptica.El caos es impredecible, pero determinable. O dicho de otro modo, elcaos no es aleatorio, tiene un orden subyacente. En un principio, lateoría del caos se aplicaba al análisis de circuitos electrónicos,encontrando resultados tales como el aumento de la potencia de láseres(Ditto y Pecora) y la sincronización de circuitos. Se demostróentonces, que era posible sincronizar dos sistemas caóticos, siempre ycuando fuesen excitados por la misma señal, independientemente delestado inicial de cada sistema (Neff y Carroll). O sea, que alperturbar adecuadamente un sistema caótico, se le está forzando atomar uno de los muchos comportamientos posibles. Lo que ocurre es queel caos es sensible a las condiciones iniciales. Sin sincronismo, dossistemas caóticos virtualmente idénticos, evolucionarán hacia estadosfinales distintos.Más tarde, pudo aplicarse al análisis de oscilaciones en reaccionesquímicas, y al seguimiento del latido cardíaco. En los últimos años,la Biología se hace cargo de este nuevo tipo de procesos, modelizandocomportamientos enzimáticos (Hess y Markus). Los sistemas naturalesson, en su gran mayoría, no lineales, y justamente el caos es uncomportamiento no lineal.Un ejemplo introductorio: entendemos perfectamente lo que significaque alguien afirme que pesa 80.5 Kg. También es razonable queaceptemos que un boxeador pesa 75,125 Kg (sabemos que este peso sóloes válido en el momento del pesaje). Pero ¿ que opinaríamos de unapersona que afirmara pesar 78,12456897355568793 Kg?. No parecerazonable. Con cada exhalación eliminamos vapor de agua y dióxido decarbono en cantidades mayores a 0,0000001 Kg, con lo cual dejamos sinvalor las últimas 10 cifras del peso mencionado. Y en este punto esdonde empiezan algunos conceptos fundamentales.Observación Fundamental: si empleamos un peso de 80,5 Kg en nuestrascuentas, en realidad, matemáticamente estamos empleando el número80,5000000000000000000000000...... y ahí es donde conviene comenzar areplantearse el empleo de las Matemáticas para describir la realidadfísica. Porque si no especificamos 100, 200 o un millón de cifrassignificativas, y hacemos cuentas con números redondos, en realidadestamos empleando ceros para completar las cifras significativas queno conocemos.Por supuesto que toda persona que trabaja con datos experimentalessabe que no puede obtener resultados con mayor cantidad de cifrassignificativas que las que le permiten sus mediciones experimentales.Pero la pregunta vuelve a ser la misma: aunque no dispongamos de 100cifras significativas (y en ninguna medición real se superan las 10cifras significativas), ¿éstas cifras existen?.Para ser más específico: si dos cuerpos chocan entre sí, aunque nopodamos medir su masa con mayor exactitud que 6 cifras significativas,¿podemos afirmar que las leyes que rigen la colisión responden avalores de masa expresados con 50 cifras significativas? (o con unmillón de cifras)? ¿O para la Naturaleza existe un grado máximo deexactitud, a partir del cual la respuesta es indeterminada?.De modo que ahora se puede formular la PREGUNTA (para la que no setiene respuesta): ¿Con cuántas cifras significativas trabaja laNaturaleza? ¿Tiene sentido la pregunta anterior?Todo esto no pasaría de ser un juego intelectual si no hubieraaparecido en escena la Teoría del Caos. Porque después de todo: ¿quénos importan las cifras significativas que no podemos medir ni en losdatos ni en los resultados experimentales?. Pero resulta que la Teoríadel Caos puso de manifiesto que existen numerosos sistemas realesdonde la respuesta a un estímulo varía en forma manifiesta con cambiosminúsculos en las condiciones iniciales.El primer experimentador del caos fue un meteorólogo llamado EdwardLorentz. En 1960 estaba trabajando en el problema de predecir eltiempo. Tenía un ordenador que calculaba el tiempo con 12 ecuaciones.La máquina no predijo el tiempo, pero en principio predijo cómo seríael tiempo probablemente. Un día, en 1961, Lorentz quiso ver unos datosde nuevo. Introdujo los números de nuevo en el ordenador, pero paraahorrar con el papel y el tiempo, solo calculó con 3 números decimalesen vez de 6. Le salieron resultados totalmente diferentes. Lorentzintentó encontrar una explicación. Así surgió la Teoría que está tande moda en nuestros días: la Teoría del Caos.Según las ideas convencionales, los resultados habrían tenido que serprácticamente los mismos. Lorentz ejecutó el mismo programa, y losdatos de inicio casi fueron iguales (" esas diferencias muy pequeñasno pueden tener efecto verdadero en los resultados finales"). Lorentzdemostró que esa idea era falsa. Al efecto que tienen las diferenciaspequeñas e iniciales, después se le dió el nombre del 'efectomariposa': "El movimiento de una simple ala de mariposa hoy, produceun diminuto cambio en el estado de la atmósfera. Después de un ciertoperíodo de tiempo, el comportamiento de la atmósfera diverge del quedebería haber tenido. Así que, en un período de un mes, un tornado quehabría devastado la costa de Indonesia no se forma. O quizás, uno queno se iba a formar, se forma."Este fenómeno, y toda la Teoría del Caos es también conocido comodependencia sensitiva de las condiciones iniciales. Un cambio pequeñopuede cambiar drásticamente el comportamiento a largas distancias deun sistema. Al medir, una diferencia tan pequeña puede ser considerada'ruido experimental' o impuntualidad del equipo. Esas cosas sonimposibles de evitar, incluso en el laboratorio más moderno. Con unnúmero inicial 1,001 el resultado puede ser totalmente diferente quecon 1,000543.Es simplemente imposible alcanzar este nivel de eficacia al medir. De esta idea, Lorentz concluyó que era imposible predecir exactamente eltiempo. Pero esto llevó a Lorentz a otros aspectos de lo que vienellamándose Teoría del Caos. Lorentz intentó encontrar un sistema menoscomplejo que dependiera sensitivamente de las condiciones iniciales.Estudió las ecuaciones de convección y los simplificó. El sistema yano tuvo que ver con la convección, pero sí dependía mucho de los datosiniciales, y esta vez solo había 3 ecuaciones. Después se vió que susecuaciones describen precisamente una "rueda de agua".En 1963 Lorenzo publicó lo que había descubierto, pero como lo publicóen un periódico meteorológico, nadie le lo tomó en consideración. Sudescubrimiento solo fue reconocido más tarde, cuando fueronredescubiertos por otros científicos. Lorentz descubrió algo revolucionario, pero tuvo que esperar a alguien que le descubriera aél.Así surgió la nueva Ciencia que todavía en nuestros día también es muyjóven. Hay muchas ideas falsas sobre el caos, según las cuales laTeoría del Caos es un tratado del desorden. Nada más lejos de laverdad. Es cierto que la Teoría dice que cambios pequeños puedencausar cambios enormes, pero no dice que no hay orden absolutamente.Una de las ideas más principales es que mientras es casi imposiblepredecir exactamente el estado futuro de un sistema, es posible, y aúnmás, muchas veces fácil, modelar el comportamiento general delsistema. Eso es lo que se muestra en el "Atractor" de Lorentz. O sea,el Caos no se trata del desorden, incluso en cierto sentido podemosdecir que es determinista.¿Qué es un atractor? Consta de múltiples órbitas periódicas,representa un sistema cuya velocidad y posición cambian a lo largo deuna sola dirección. Consta de dos ejes; uno representa la posición, elotro la velocidad. Los atractores pueden ser multidimensionales, pueslos sistemas pueden tener muchas variables, que equivalen a otrastantas dimensiones en el espacio de estados: por ejemplo, posiciones yvelocidades que varíen en tres dimensiones. Pero veamos un ejemplo."La rueda de agua" de Lorentz, antes mencionada, es parecida a larueda en el parque de atracciones. Tiene cajitas (generalmente más desiete), que están colgadas a la rueda, o sea, su 'boca' siempre mirapara arriba. Abajo todas tienen un hueco pequeño. Y todo eso estádispuesto bajo un flujo de agua. Si le echamos agua a velocidadpequeña, el agua después de entrar en el cajón, sale inmediatamentepor el hueco. Así que no pasa nada. Si aumentamos la corriente delagua un poco, la rueda empieza a rotar, porque el agua entra másrápido a las cajitas que sale. Así, las cajas pesadas por el aguadescienden dejando el agua, y cuando están vacías y ligeras, asciendenpara ser llenadas de nuevo. El sistema está en un estado fijo, y va acontinuar rotando a una velocidad prácticamente constante. Pero siaumentamos la corriente más, van a pasar cosas extrañas. La rueda va aseguir rotando en la misma dirección, pero su velocidad va a decrecer,se para y luego gira en la dirección contraria. Las condiciones de lascajitas ya no están suficientemente sincronizadas como para facilitarsolamente una rotación simple, el caos ha conseguido el mando en estesistema aparentemente tan sencillo. Ahora no podemos decir nada delestado de la rueda en concreto, porque el movimiento nos parece hechototalamente al azar.Los sistemas caóticos están presentes todos los días. Y en vez demirarlos cada uno, investigamos los comportamientos de los sistemasparecidos. Por ejemplo, si cambiamos un poco los números iniciales delatractor, siempre nos dará números distintos que en el caso anterior,y la diferencia con el tiempo va a ser cada vez más grande, de talforma que después de un tiempo, los dos casos aparentemente ya notendrán que ver, pero sus gráficas serán iguales.¿Y por qué no se desarolló esta Ciencia hasta ahora? El 'padre' delconjunto Mandelbrot fue un libro publicado por Gaston Maurice Julia, yaunque recibió el 'Grand Prix de'l Academie des Sciences', sinvisualizar sus funciones nadie le dio mucha importancia. La respuestaes simple: ordenadores. Para poner un conjunto Mandelbrot en lapantalla se necesitan 6 millones de cálculos (operaciones), que sonmucho para ser calculados por científicos, pero para los ordenadoresactuales es una tarea de todos los días. Y de verdad, la Teoría surgió cuando los matemáticos empezaron a introducir números al ordenador y miraron lo que éste hacía con ellos. Después trataron de visualizarlotodo de alguna forma.Pasado un tiempo, las imágenes se veían como la naturaleza. Nubes,montañas y bacterias. Así indicaron por qué no podemos predecir eltiempo. Parecían ser iguales al comportamiento de la bolsa y de lasreacciones químicas a la vez. Sus investigaciones dieron respuestas apreguntas puestas hace 100 años sobre el flujo de fluidos, cómopasaban de un flujo suave hacia un flujo caótico, o sobre elcomportamiento del corazón, o las formaciones de rocas. Los sistemascaóticos no son hechos al azar, y se conocen por unos rasgos muysimples. Los sistemas caóticos son deterministas, o sea hay algo que determinasu comportamiento.Los sistemas caóticos son muy sensitivos a las condiciones iniciales. Un cambio muy pequeño en los datos de inicio producen resultadostotalmente diferentes.Los sistemas caóticos parecen desordenados, o hechos al azar. Pero nolo son. Hay reglas que determinan su comportamiento. Sistemas deverdad hechos al azar no son caóticos. Los sistemas regulares,descritos por la Física clásica, son las excepciones. En este mundo deorden, reglas caóticas...Las nuevas investigaciones muestran que sí hay esperanzas de'domesticar' el caos. Edward Ott, Ceslo Grebogi (físicos) y James A.Yorke (matemático) elaboraron un algoritmo matemático con el que uncaos puede ser transformado en procesos periódicos sencillos. Y yasuperaron experimentos, de los que probablemente el más importante esel experimento de A. Garfinkel de la Universidad de California. Logrótransformar el movimiento caótico de un corazón sacado de un conejo enun movimiento regular. Obviamente el uso de esto en la medicinasignificaría un avance enorme.La idea nueva es que no hace falta comprenderlo todo sobre elmovimiento caótico para regularlo. El algoritmo Ott-Grebogi-Yorke miracontinuamente a qué 'dirección' tiende el proceso, y variarlo conperturbaciones pequeñas para lograr que esté de nuevo en el 'camino'antes deseado. Naturalmente aquí no se termina de vigilar el sistema,porque después el caos aparecerá de nuevo. Yorke dice que el método escomo "ayudar a andar a un elefante con un palito".Parece que habrá más avances en el regulamiento del caos, lo cual nosdaría respuesta a muchas preguntas, nos ayudaría evitar catástrofes, ydaría un avance enorme a toda la Ciencia, todo el saber logrado hastaahora.Los sistemas caóticos son muy flexibles. Si tiramos una piedra al río,su choque con las partículas del agua no cambia el cauce del río, sinoque el caos se adapta al cambio. Sin embargo, si el río hubiese sidocreado por nosotros con un orden artificial, donde cada partícula deagua tuviera una trayectoria determinada, el orden se hubieraderrumbado completamente. El caos en realidad es mucho más perfectoque nuestro orden artificial; hemos de comprender el caos y nointentar crear un orden rígido, que no sea flexible ni abierto a lainteracción con el medio.Siempre hemos estado obsesionados por el control, creemos que cuantasmás técnicas creemos, más control tendremos sobre el mundo. Pero concada tecnología nueva que introducimos se nos echan encima muchosproblemas, para cada uno de los cuales hemos de inventar nuevastecnologías. Volvamos al ejemplo del río: si tiramos una piedra elcauce no cambia, pero si tiramos una roca gigante la flexibilidad delsistema caótico no será suficiente. Es lo que ocurre en la Tierra: esun sistema caótico, siempre cambiante y adaptándose, pero si nospasamos de la raya el sistema se puede romper. De echo lo estáhaciendo y por eso tenemos problemas con la capa de ozono, el aumentode la temperatura global y el deshielo, problemas con los recursoscomo el petróleo, etc.Aprender a vivir en el caos no significaría aprender a controlarlo, nia predecirlo. Al contrario: hemos de enfocar la cuestión desde elpunto de vista de que nosotros también somos parte del caos, no nospodemos considerar como elementos aparte. Desde esa perspectiva lo quepodemos hacer es vivir de la creatividad del caos, sin intentarimponernos: si conseguimos realmente formar parte del sistema, elconcepto de sujeto y objeto desaparecerán, con lo cual el problema delcontrol también.Veamos unos ejemplos donde se ve claramente que la Tierra es unaunidad caótica: un bosque, por citar algo, puede llegar a ser muyflexible y adaptable debido a su rica red de rizos retroalimentadoresque interactúan con el medio constantemente. Algunos bosques, incluso,se han ajustado a cambios drásticos. Per cuando este sistema caóticose desestabiliza (porque empezamos a talar bosques, por ejemplo), laconducta no lineal puede hacer que su dinámica cambie abruptamente oque incluso se colapse. Ya tenemos el ejemplo de tierras sobre las quehace años hubo ricos bosques que creaban su propio microclima y ellosmismos hacían que las condiciones les fueran favorables; sin embargo,ahora no se puede plantar ni una sola planta ahí. Cortar un árbolpuede significar que el bosque se quede con un árbol menos. Cortardiez árboles también. Pero cortar mil árboles puede no significar queel bosque se quede con mil menos, sino que a partir de ahí se extingantodos. Los procesos naturales de la Tierra son indivisibles yconstituyen un holismo capaz de mantenerse y alimentarse, al menos queen el sistema caótico intervenga algún factor que lo desestabilice.En la atmósfera de nuestro planeta hay considerables cantidades demetano. Por lógica, todo el metano y el oxígeno libres deberían haberentrado en una reacción de combustión. Como Lovelock remarcó, metano,oxígeno, sulfuro, amoníaco y cloruro de metilo están en la atmósferaen diferentes niveles de concentración de lo que podríamos esperar queocurriera en una probeta. Lo mismo ocurre con el porcentaje de sal delmar. Estas concentraciones aparentemente extrañas resultan ser lasóptimas para la supervivencia de la vida sobre la Tierra, es decir, laTierra se comporta como un ser vivo, con los bosques, los océanos y laatmósfera como sus órganos.Cuando un automóvil (fruto de la visión mecanicista) se avería,buscamos la parte averiada. Es una parte la que hace que todo el cochedeje de comportarse como una unidad (porque por mucho que metamos lallave no arranca). Pero en los sistemas caóticos, como son lasfamilias, las sociedades o los sistemas ecológicos, el problema sedesarrolla siempre a partir de todo el sistema, nunca a partir de una"parte" defectuosa. Siempre es necesario tener en cuenta todo elcontexto en el que se manifiesta un problema.El cuerpo humano también es un sistema caótico. Está claro que esimposible predecir el recorrido que una partícula cualquiera tendrádentro de nuestro cuerpo. También está claro que la medicina todavíano puede hacer una predicción acerca de la evolución del cuerpo dedeterminado individuo. Sin embargo, el cuerpo humano, a pesar de lasmuy diferentes condiciones externas a que puede estar expuesto (clima,alimento, esfuerzo físico, etc), siempre mantiene una forma general.Es tan resistente a cambios (dentro de lo que cabe) porque lossistemas caóticos son muy flexibles. Una enfermedad es algoimpredecible, pero si el cuerpo no tuviera la libertad de ponerseenfermo, con cualquier cambio producido el sistema se desmoronaría.Hasta tal punto es flexible dicho sistema, que mantiene una forma máso menos parecida durante más de 70 años, a pesar de que ningún átomode los que hoy forman nuestro cuerpo era el mismo hace 7 años. Laexplicación de que un sistema tan impredecible como el cuerpo humanosea tan estable está en que es un atractor extraño y está lleno deatractores extraños. El sistema siempre es atraído hacia undeterminado modelo de conducta; si cambiamos algo en el sistema éstevuelve cuanto antes hacia el atractor extraño. Esto no significa quela conducta sea mecánica, todo lo contrario: es impredecible. Sólosabemos hacia dónde va a tender.Por ejemplo, en el corazón la conducta atractora es el disparo de unasecuencia de neuronas. Conocemos aproximadamente el ritmo que deberíatener el corazón, pero éste siempre tiene pequeñas irregularidades.Estas pequeñas alteraciones son una señal de salud del corazón, unamuestra del vigor del sistema caótico, que es flexible a los cambios.El caos permite al corazón un abanico de comportamientos (grados delibertad) que le permiten volver a su ritmo normal después de uncambio.Un organismo sano, animal o vegetal, es un atractor extraño, cada unocon su particular grado de libertad y grado de regularidad

Thursday, November 30, 2006

Horacio Quiroga La gallina degollada Cortesía de : Verónica vaymelek@yahoo.com.ar
Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta.
El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá. —¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que?...
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos! Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.
Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
De nuestros hijos, ¿me parece? —Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente: —¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no? —¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.
—¿Qué, no faltaba más? —¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla. —¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos. —¡Berta! —¡Como quieras!
Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo. Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.
No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.
De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?... —Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto! —Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti. . . ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste?... —¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías! —¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez. —¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo! Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa. Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio , y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída. —¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija. —Me parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Bertita a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita! Nadie respondió. —¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola: —¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

Wednesday, August 09, 2006

ALGUNOS CHISTES VALEN LA PENA... ESTOS TAMBIEN

Va saliendo un individuo a su trabajo y su mujer revisando que no le dejo dinero le grita:>- ¡Oye, no me dejaste dinero!.>Desde arriba del carro el marido le grita:>- ¡Ahí coges.!>- ¡¿Y cuanto cobro?!>- ¡¡Del cajón, no te hagas pendeja....!!

>>>PREGUNTA...>En qué se parecen un condón y el bungee?>En que si se revientan, ya te llevó la chingada

>>>NIÑOS MODERNOS...>Una niña que le pregunta a su madre:>Mamá, ¿cómo se hacen los niños?>Este............Niña, a los hijos los trae la cigüeña.>Entonces, ¿quién se coje a la cigüeña?

>>>VIOLADORES...>Dos Delincuentes asaltan un Convento y deciden violar a las religiosas. En pleno acto exclama una :>-Dios Mío....perdónalos, ya que no saben lo que hacen. Y le gritó otra :>-Será el tuyo, por que el mío es un experto !!!!

>>>PRESUMIDOS...>Un amigo le comenta a otro:>-Ayer, hice el amor a mi mujer tan bien, que el crucifijo de encima de la cama se puso a aplaudir.>-Eso no es nada, cuando yo hago el amor con la mía, el cuadro de La Ultima Cena hace la ola.

>>>>LA O.N.U. ACABA DE FINALIZAR LA ENCUESTA MÁS GRANDE DE SU HISTORIA.>La pregunta fue:>"Por favor diga honestamente: ¿Que opina>de la escasez de alimentos en el resto del mundo?>Los resultados no han podido ser mas desalentadores. >1.- LOS EUROPEOS NO ENTENDIERON QUÉ SIGNIFICABA "ESCASEZ". >2.- LOS AFRICANOS, EN GENERAL, NO SABÍAN QUÉ ERAN LOS ALIMENTOS". >3.- LOS ARGENTINOS NO ENTENDIERON QUÉ QUERÍA DECIR "POR FAVOR" >4.- LOS GRINGOS, PREGUNTABAN QUÉ SIGNIFICA "EL RESTO DEL MUNDO". >5.- LOS CUBANOS PEDIAN QUE LES EXPLICARAN QUÉ SIGNIFICABA "QUÉ OPINA". >6.- EN MEXICO EL CONGRESO HASTA HOY DEBATE SOBRE QUÉ QUIERE DECIR "HONESTAMENTE"

>>>>ELEFANTES... >Estos eran tres elefantes que estaban a toda madre tirando la hueva en la selva, y uno de ellos comenta: >- Ay como quisiera tener las orejas grandotototooototas!!! y los demas elefantes preguntan >-¿Para qué? >Ah, responde el otro, pa moverlas y hacer una brisa deliciosa y alivianarnos un poco este pinche calor. >El otro elefante dice: >Pues yo quisiera tener la trompa larguiiiiiiiisisisima!!!! >¿Para qué? preguntan los otros dos ah pues para llegar al lago sin levantarme, succionar agua y mojarnos todos. Y el tercer elefante comenta: >Pues a mi me gustaría tener unas pestañas largotototototas, largas, largas, largas... y chinas, chinas, chinas... >¿Para qué? preguntan los otros. >......... Nomás, por joto.

>>>>CUESTION DE INTERESES... >George W. Bush y Tony Blair estan en una cena en la Casa Blanca. >Un invitado se acerca a ellos y les pregunta: >Que estan hablando de forma tan animada?" Estamos haciendo >planes para la Tercera Guerra Mundial", dice Bush: >"!Guau!", dice el invitado. "Y, cuales son esos planes?" >"Vamos a matar 14 millones de musulmanes y 1 dentista", contesta Bush >El invitado parece confundido. >"Un... dentista?", dice "Por que van a matar un dentista?" >Blair le da una palmada en la espalda a Bush y dice: "Que te dije?, >nadie va a preguntar por los musulmanes.

>>>Una familia mexicana tiene un acontecimiento: el nacimiento de gemelos. Al paso del tiempo se dan cuenta que uno de ellos es sordomudo. Por lo que el abnegado padre se pone a trabajar muy duro,junta dinero suficiente y manda a su mujer y al enfermito a los EEUU,a una clínica especializada. Al llegar estos a New York y al pasar cerca del Yankee Stadium, se oye un fuerte golpe y de pronto le cae al chico una pelota de béisbol a alta velocidad en la mera cabezota, el escuincle se levanta del suelo y exclama: >- CHINGAS A TU MADRE!!!.>La señora toda emocionada, inmediatamente se dirige al telégrafo y le manda un telegrama a su marido y con letras mayúsculas, le escribe: >" EL NIÑO HABLÓ: "CHINGAS A TU MADRE". >Al día siguiente recibe respuesta de su marido diciendo: >- "CHINGAS A LA TUYA, TE LLEVASTE AL QUE HABLA... PENDEJA"...

>>>>Sabés cuál es la diferencia entre una silla y un pene? >- No?!? >- Entonces ten cuidado donde te sientas!

>>>El papá de Pepito le dice a su hijo: >Mira Pepito, ya hable con la cigüeña para que te trajera un hermanito! >No me chinges papá. Habiendo tantas mujeres, te cogiste a una cigüeña?!

>>>>Iba un hombre caminando por la selva, cuando de pronto lo rodea un grupo De salvajes caníbales, y se veía que no tenían muy buenas intenciones. >- ¡Ya me llevó la chingada!- dijo el hombre. >En eso, el cielo se abrió, apareció un rayo de luz y se >escuchó una voz profunda que le dijo: >¡No, todavía no, lo que debes hacer es quitarle la lanza al jefe caníbal y clavársela a su hijo en el corazón! >Entonces, el hombre pelea con el jefe, le quita su lanza y se la clava en El pecho al pequeño que estaba junto a él, ante el asombro de todos los caníbales. >El hombre voltea al cielo, y se vuelve a escuchar la voz: >-¡Ahora sí, Ya te llevo la chingada!